Los resultados del Informe PISA reabren el debate sobre la educación en España: conocimientos, pensamiento crítico, exigencia académica y bienestar emocional.

Los últimos resultados del Informe PISA han vuelto a abrir el debate sobre la educación en España. Más allá de las posiciones políticas y pedagógicas, los plantean una cuestión fundamental: ¿está el sistema educativo consiguiendo que los alumnos aprendan los conocimientos y desarrollen las competencias que necesitan para comprender el mundo?

Hablar de educación en España implica hoy hablar de bienestar emocional, inclusión, motivación, metodologías activas, innovación pedagógica y atención a la diversidad. Todos estos aspectos forman parte de una educación de calidad. Sin embargo, existe un elemento que no debería quedar relegado: el aprendizaje.

Porque una escuela puede ser acogedora, inclusiva y emocionalmente segura y, al mismo tiempo, tener dificultades para conseguir que sus alumnos comprendan un texto complejo, resuelvan un problema matemático, interpreten correctamente un gráfico o distingan una evidencia de una opinión.

Y precisamente ahí es donde el Informe PISA resulta incómodo.

¿Qué mide el Informe PISA?

El Informe PISA, elaborado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), evalúa las competencias de estudiantes de aproximadamente 15 años en áreas como comprensión lectora, matemáticas y ciencias.

Su objetivo no es comprobar únicamente si los estudiantes han memorizado determinados contenidos. PISA pretende analizar hasta qué punto son capaces de utilizar sus conocimientos para resolver problemas y enfrentarse a situaciones de la vida real.

Esta diferencia es fundamental.

Saber una fórmula matemática no es exactamente lo mismo que saber aplicarla. Conocer palabras no significa necesariamente comprender un texto. Haber estudiado ciencias no garantiza que un alumno sea capaz de interpretar una evidencia científica.

PISA pone el foco precisamente en esa capacidad de utilizar lo aprendido.

Y los resultados deberían llevarnos a formular una pregunta sencilla: ¿qué está aprendiendo realmente nuestro alumnado?

Educación emocional y aprendizaje: ¿tenemos que elegir?

Defender la importancia de los conocimientos no significa negar la importancia de las emociones.

La salud emocional de niños y adolescentes es relevante. Los centros educativos deben ser espacios seguros, respetuosos e inclusivos. Un alumno que atraviesa una situación personal complicada puede necesitar apoyo y acompañamiento.

El problema aparece cuando el bienestar emocional deja de ser un elemento que facilita el aprendizaje y pasa a convertirse en el centro alrededor del cual debe organizarse toda la experiencia educativa.

Aprender no siempre es cómodo.

Estudiar requiere concentración. Memorizar exige esfuerzo. Resolver un problema difícil puede generar frustración. Recibir una corrección puede resultar incómodo. Hablar en público puede producir nervios. Suspender un examen puede provocar decepción.

Pero ninguna de estas experiencias constituye necesariamente un fracaso educativo.

Al contrario: aprender a gestionar la dificultad forma parte del aprendizaje.

Una educación que pretenda eliminar cualquier frustración corre el riesgo de privar a los estudiantes de una experiencia esencial: descubrir que pueden enfrentarse a una dificultad, equivocarse, perseverar y finalmente superarla.

La importancia de recuperar el valor de los conocimientos

Durante años, el debate educativo ha otorgado una enorme importancia a las competencias. Y es lógico: los estudiantes necesitan saber aplicar lo que aprenden.

Pero existe una relación inseparable entre conocimiento y competencia.

No podemos pedir pensamiento crítico a una persona que carece de conocimientos sobre aquello que debe analizar.

La lengua, las matemáticas, las ciencias, la historia, la filosofía y la literatura proporcionan las herramientas intelectuales con las que construimos nuestra visión del mundo.

La comprensión lectora es un buen ejemplo.

Un adolescente que tiene dificultades para comprender un texto tendrá también más dificultades para interpretar una noticia, entender las condiciones de un contrato, analizar un programa político o detectar una manipulación argumentativa.

Lo mismo ocurre con las matemáticas.

Saber interpretar porcentajes, probabilidades, gráficos y estadísticas resulta imprescindible para comprender desde una encuesta electoral hasta una información económica o sanitaria.

La historia también proporciona herramientas para interpretar el presente. Una sociedad que desconoce su pasado puede ser más vulnerable a quienes manipulan la memoria histórica o presentan como absolutamente nuevas ideas y fenómenos que cuentan con numerosos precedentes.

Y la cultura científica permite distinguir entre una afirmación basada en evidencias y una opinión personal.

Por eso, enseñar conocimientos no es contrario a desarrollar competencias. Es una de sus condiciones.

Pensamiento crítico: no basta con enseñar a «pensar»

Una de las expresiones más utilizadas en educación es «pensamiento crítico».

El objetivo parece incuestionable: queremos que los alumnos sean capaces de analizar información, cuestionar argumentos y formar sus propias opiniones.

Pero para pensar críticamente hace falta disponer de información.

Un alumno no puede detectar fácilmente una manipulación histórica si desconoce la historia. No puede interpretar correctamente una estadística si carece de conocimientos matemáticos. No puede identificar una falacia si nunca ha aprendido cómo funciona la argumentación.

El pensamiento crítico necesita conocimientos sobre los que ejercerse.

Esto adquiere una importancia todavía mayor en la sociedad digital.

Los adolescentes reciben diariamente una enorme cantidad de información a través de redes sociales, vídeos, buscadores y plataformas digitales. La dificultad ya no consiste únicamente en acceder a la información, sino en determinar cuál es fiable.

Una persona con herramientas intelectuales puede preguntarse quién proporciona un dato, qué evidencia existe, qué información falta, qué intereses puede haber detrás de un mensaje o si la conclusión realmente se desprende de los datos.

Una persona sin esas herramientas queda mucho más expuesta a la manipulación.

Educación y ciudadanía: por qué los conocimientos importan políticamente

La discusión sobre los resultados PISA no debería reducirse a una cuestión académica.

También tiene una dimensión social y democrática.

Una ciudadanía con dificultades para comprender textos está más expuesta a determinadas formas de desinformación. Una ciudadanía que no sabe interpretar datos puede ser más vulnerable a estadísticas engañosas. Una ciudadanía sin conocimientos históricos puede tener más dificultades para reconocer determinados discursos políticos y sus antecedentes.

Y una ciudadanía que no dispone de herramientas para argumentar puede confundir una consigna con un razonamiento.

Por eso, la educación es también una cuestión de ciudadanía.

No basta con decirle a un joven que una ideología es buena o mala. Necesita conocer su contexto histórico, comprender cómo se construyen los discursos políticos y aprender a identificar mecanismos de propaganda.

La mejor defensa frente a la manipulación no consiste únicamente en decirle a alguien qué debe pensar.

Consiste en enseñarle cómo pensar.

Y para ello hacen falta conocimientos.

¿Se ha reducido la exigencia académica?

Una de las críticas que algunos docentes realizan al sistema educativo actual tiene que ver con la pérdida de exigencia.

En determinados contextos, aprobar puede haberse convertido en un objetivo más importante que aprender.

El problema aparece cuando un estudiante promociona de curso acumulando importantes lagunas en conocimientos fundamentales. Esas lagunas no desaparecen simplemente porque el alumno avance al siguiente nivel educativo.

La repetición de curso no es una solución mágica ni funciona necesariamente en todos los casos. Pero tampoco debería convertirse en un tabú.

Si un alumno no ha adquirido los conocimientos mínimos necesarios, el sistema debe plantearse cómo recuperar esas carencias.

Porque suspender no debería interpretarse como una humillación.

Un suspenso puede ser información.

Puede indicar que determinados aprendizajes todavía no se han producido y que es necesario reforzarlos.

La verdadera cuestión no debería ser si un alumno aprueba o suspende, sino si está adquiriendo las herramientas que necesita para continuar avanzando.

El papel del profesor: enseñar, acompañar y exigir

El debate sobre la educación también afecta directamente al papel del docente.

Un profesor no puede garantizar la felicidad de sus alumnos. Tampoco debería ser su objetivo principal.

Su responsabilidad es mucho más concreta: enseñar.

Eso implica explicar, corregir, evaluar, exigir, acompañar y proporcionar conocimientos.

Un buen profesor u orientador puede preocuparse por el bienestar de sus alumnos y, al mismo tiempo, exigirles que estudien. Puede escuchar sus dificultades y, al mismo tiempo, pedirles que terminen una tarea. Puede crear un ambiente de confianza y, al mismo tiempo, decirles que un trabajo no alcanza el nivel esperado.

Exigencia y empatía no son conceptos incompatibles.

De hecho, pueden complementarse.

Exigir a un estudiante que mejore puede ser también una manera de transmitirle que confiamos en que puede hacerlo.

El esfuerzo también educa

Vivimos en una sociedad acostumbrada a la inmediatez.

Tenemos acceso prácticamente instantáneo a información, entretenimiento, respuestas y soluciones. En este contexto, la capacidad de perseverar ante una tarea difícil adquiere todavía más valor.

Un alumno necesita experimentar que algunas cosas requieren tiempo.

Necesita aprender a sentarse delante de un libro. A leer un texto aunque inicialmente le resulte complicado. A resolver un problema sin abandonar después del primer intento. A memorizar aquello que merece ser conservado. A corregir sus propios errores.

Y también necesita descubrir algo esencial: la satisfacción de conseguir algo difícil puede ser mucho mayor que la comodidad de no haberlo intentado.

La escuela no debería preparar a los estudiantes únicamente para aquellas situaciones que resultan agradables.

También debería enseñarles a enfrentarse a la dificultad.

¿Qué debería enseñarnos el Informe PISA?

Los resultados del Informe PISA deberían servir para algo más que para elaborar titulares sobre la posición de España en los rankings internacionales.

Deberían abrir un debate profundo sobre qué esperamos de nuestro sistema educativo.

¿Queremos que los estudiantes estén motivados? Sí.

¿Queremos que tengan bienestar emocional? Por supuesto.

¿Queremos aulas inclusivas y respetuosas? Sin duda.

Pero también queremos que sepan leer.

Que sepan escribir.

Que sepan calcular.

Que comprendan ciencia.

Que conozcan historia.

Que puedan interpretar información.

Que sepan argumentar.

Que sean capaces de distinguir una opinión de una evidencia.

Y, sobre todo, que puedan utilizar todo ese conocimiento para pensar por sí mismos.

Volver a colocar el aprendizaje en el centro

Quizá una de las principales conclusiones que podemos extraer del debate generado por PISA sea que educar y hacer sentir bien no son sinónimos.

El bienestar importa, pero no puede sustituir al aprendizaje.

La innovación metodológica puede ser útil, pero ninguna metodología puede reemplazar los conocimientos que el alumno necesita adquirir.

Las competencias son fundamentales, pero necesitan contenidos sobre los que desarrollarse.

La educación emocional tiene un papel importante, pero no debería desplazar la enseñanza de la lengua, las matemáticas, las ciencias, la historia, la filosofía o la literatura.

Y la inclusión debe ir acompañada de expectativas educativas altas para todos los estudiantes.

La cuestión no es regresar al pasado ni rechazar cualquier innovación educativa. Se trata de recuperar una certeza que nunca debería haberse perdido: la escuela está para enseñar.

Los profesores deben proporcionar a sus alumnos las herramientas necesarias para comprender el mundo, enfrentarse a sus dificultades, formular preguntas, analizar información, reconocer errores y tomar decisiones con autonomía.

No podemos garantizar que nuestros alumnos sean felices.

Sí podemos intentar que sean más libres, más capaces y más difíciles de engañar.

Y quizá esa sea una de las mejores definiciones posibles de una buena educación.

Porque cuando un adolescente abandona el sistema educativo no debería importarnos únicamente cómo se siente.

Debería importarnos, sobre todo, qué sabe, qué comprende y qué es capaz de hacer con aquello que ha aprendido.

Ese es, en buena medida, el debate que los resultados del Informe PISA vuelven a poner sobre la mesa.

Y quizá sea hora de afrontarlo sin miedo.

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